lunes, 18 de febrero de 2008

Lo sabia

Lo sabia
sin saberlo
tu eres única
la más amada

La más deseada
casta y pura
virginal...
y a la vez sensual.

Variadas sensaciones
al mirarte me consumen
diosa pagana
bella e inalcanzable

Al saberte tan lejana
diosa y vestal
me consumo en el fuego
de variadas sensaciones

Virginia Esther Mussin

viernes, 25 de enero de 2008

El problema del hombre blanco

Hace 400 años que los aborígenes venimos hablando del “problema del hombre blanco” e intentando distintas soluciones para mejorar y elevar sus niveles de vida. Los magros resultados alcanzados nos deben hacer reflexionar seriamente sobre el camino a seguir para lograr la definitiva solución del problema, que se mantiene y acrecienta para vergüenza de nuestra cultura indígena.

Conseguir la integración del blanco es el imperativo y el desafío de la hora, que todo aborigen bien nacido, debe aceptar.

Por ello me permito hacer algunas reflexiones básicas que sirvan de honesta colaboración para la discusión de soluciones a este problema que los aborígenes chaqueños tenemos la obligación de hallar la salida adecuada.

Considero que el error fundamental de la política blanquista que se siguió hasta el presente ha sido tratar de “incorporar” al blanco a nuestra sociedad, en lugar de estimular el proceso de “integración” chaqueña.

Incorporar es hacer caso omiso de la particular cultura del hombre blanco o considerarla peyorativamente y por ende tratar de imponer la nuestra por considerarla mejor. Como si ese remplazo fuera fácil de lograr y el hombre blanco pudiera, de la noche a la mañana, saltar sobre su experiencia de siglos olvidándola por completo.

Esta política de incorporación nos ha llevado a enjuiciar en forma negativa al blanco, calificarlos de egoístas, falsos, sin sentido de solidaridad, con afán desmedido de acumular riquezas materiales, capaz de faltar a la palabra empeñada, de robar de asesinar, de especular, de engañar, etc. Con tales prejuicios nunca se podrá entablar relaciones apropiadas para que prive buena comunicación y colaboración sincera.

El peor error que cometimos los aborígenes ha sido juzgar al blanco de acuerdo a nuestras pautas culturales. Así nunca tuvimos en cuenta sus valores inspiradores de su conducta y entonces fácil es acusar al pobre blanco de Cacharay (ladrón) cuando él inocentemente se queda con nuestras tierras, o cuando el almacenero pesa mal la yerba o la harina que nos vende a un precio mucho más elevado que el fijado oficialmente, olvidamos que esa es una pauta cultural del blanco, hacer leyes perfectas para vulnerarlas de inmediato o apropiarse de lo ajeno como lo más natural del mundo.

El peor error que cometimos los aborígenes ha sido juzgar al blanco de acuerdo a nuestras pautas culturales. Nunca tuvimos en cuenta las pautas que inspiran su conducta. Por eso tratamos de Cacharay (ladrón) al bolichero que pesa mal la yerba o el azúcar que nos vende a un precio superior al oficialmente establecido. Olvidamos que en lo que ellos llaman “comercio” no tienen “amigos ni parientes” (lo dicen) y tratan de la ganar la chigüé (plata) de cualquier manera- Algo similar ocurre cuando alambran nuestros campos. Los aborígenes olvidamos que ellos quieren “el progreso” y por lo tanto hay que tener más, siempre más, aunque con ellos perjudiquen a otros.

Considetamos fácil el proceso de incorporarlos a nuestra cultura y allí están los resultados de nuestros errores, el pobre blanco se desangra por intereses materiales, matan en nombre de ideales, perjudican a sus mismos hermanos de raza, pregonan que “el tiempo es oro” y viven con una ansiedad creciente, insatisfechos permanentes no se conforman con lo que tienen. Quieren cada día más y más. Destruyen bosques, matan despiadadamente animales y aves en nombre del “deporte”. ¿Cuándo dejaremos los aborígenes de recitar doctrinas “blanquistas” y realmente ayudaremos al blanco?

Tratemos de comprender su cultura y a partir de allí podremos realmente ayudarlos a elevar sus niveles de vida. No tratemos de incorporar al blanco, tratemos de integrarlo.


René James Sotelo - Borradores

sábado, 15 de diciembre de 2007

La piedra

El hombre nunca consideró a la piedra como algo vivo, a consultar; siempre se ha sentido superior a ella y con derechos de ofenderla....
...El diccionario define a la piedra de la siguiente manera: sustancia mineral,dura y sólida"
El mismo diccionario dice del humano:verbo divino, compasivo, generoso, benigno, caritativo...
¿Que bueno! Faltaría que dijera modesto.
Por ello, por su generosidad, divinidad benignidad," el hombre llama ofensivamente "piedra inferior" al nitrato de plata, que suele usar para curarse sus propios males...
También llama "piedra del escándalo" al pecado original que él mismo inventó por estúpido...
...Jesús, sentado en el suelo haciendo rayas con un palito, dijo: "El que esté libre de culpas que arroje la primera piedra". ¿Siempre la piedra! ¿Por qué no se aplastan con ellos mismos?

Definición del diccionario mineral
Hombre: mono con revolver al que mejor es darle una banana.

Siete horas de frotamiento y 25 kilos de piedra pómez necesita la estupidez humana para gastar y decolorar un pantalón que ha hecho furor, prontuariado como "blue jeans". Con él, y con las zapatillas con resortes y rulemanes, cuatro fabricantes multinacionales han encorsetado a la juventud y a los adultos que la van de "pendejos".

Vivillos humanos, aclaren que anochece. La Edad de Piedra aún no ha pasado. ¡Vivimos en ella. Con ella. De ella!

Gog y Magog en La Gallina Degollada nº 1

jueves, 13 de diciembre de 2007

In Memoriam J.F.K.


Esta bala es antigua.
En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplice. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo XVII la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la pública hecatombe de una batalla.
Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente reciben los visires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros clavos que atravesaron la carne del Redentor y el leño de la Cruz, fue el veneno que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que en un atardecer bebió Sócrates.
En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.


Jorge Luis Borges - El Hacedor

lunes, 3 de diciembre de 2007

Poseidón

Poseidón se sentó ante su mesa de trabajo y revisó las cuentas. La administración de todos los océanos lo tenía muy atareado. Podía emplear los asistentes que quisiera, y por cierto tenía muchos, pero responsable, como era, insistía en revisar personalmente cuenta por cuenta, así que sus asistentes de poco le servían. No diría que le deleitaba este trabajo, lo hacía sólo porque se le había asignado. Es cierto que ya con frecuencia había pedido una tarea más animada, pero entre los varios trabajos que le fueron sugeridos, se observó que su disposición natural era para su presente empleo. Ni decirlo, sería demasiado difícil conseguirle otra ocupación. Tampoco pensar en ponerlo a administrar determinado mar. Dejando a un lado que la tarea no sería más fácil, sólo inferior, el gran Poseidón, por el contrario, debía obtener un puesto más importante. Cuando se le ofreció un cargo sin afinidad a las aguas, la sola idea lo enfermó, su aliento divino decayó y su broncíneo torso comenzó a jadear. Lo cierto era que nadie tomaba muy en serio las quejas de Poseidón, pero cuando alguien de su poderosa talla se lamenta, por lo menos se debe simular que se lo escucha, aunque sea una situación sin perspectivas. Realmente, nadie pensaba en separar a Poseidón de su cargo; desde los orígenes estaba destinado a ser el dios de los mares y eso no podía ser modificado.
Lo que más le irritaba -y esto era lo que lo indisponía con su trabajo-, eran los rumores que circulaban sobre él. Por ejemplo, que constantemente cabalgaba sobre las olas con su tridente como un cochero, cuando la verdad era que se encontraba sentado en las profundidades de los océanos sin terminar nunca con sus cuentas. La única interrupción a esa monotonía era de vez en cuando, un viaje hasta Júpiter, del cual siempre regresaba exasperado. De ahí que casi no conocía los océanos, sólo los había visto en sus furtivas ascensiones al Olimpo. Y no se podía afirmar que realmente los hubiera navegado. Acostumbraba a decir que lo haría cuando el mundo tocara su fin, sólo para entonces tendría un momento de descanso. Justo antes del fin del mundo y sólo después de haber revisado la última cuenta le daría tiempo para una rápida gira.



Franz Kafka - La Muralla China

jueves, 22 de noviembre de 2007

LA INUTILIDAD DE LOS LIBROS

Me escribe un lector:

"Me interesaría muchísimo que Vd. escribiera algunas notas sobre los libros que deberían leer los jóvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro está, la experiencia propia de la vida)".

NO LE PIDE NADA EL CUERPO...

No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive? ¿Cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse "un concepto claro y amplio de la existencia"? Está equivocado, amigo; equi­vocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.

Si hubiera un libro que enseñara, fíjese bien, si hubiera un libro que enseñara a formarse un concepto claro y amplio de la existencia, ese libro estaría en todas las manos, en todas las escuelas, en todas las universida­des; no habría hogar que, en estante de honor, no tuviera ese libro que usted pide. ¿Se da cuenta?

No se ha dado usted cuenta todavía de que si la gente lee, es porque espera encontrar la verdad en los libros. Y lo más que puede encontrarse en un libro es la verdad del autor, no la verdad de todos los hombres. Y esa verdad es relativa... esa verdad es tan chiquita... que es necesario leer muchos libros para aprender a despreciarlos.

LOS LIBROS Y LA VERDAD

Calcule usted que en Alemania se publican anualmente más o menos 10.000 libros, que abarcan todos los géneros de la especulación literaria; en París ocurre lo mismo; en Londres, ídem; en Nueva York, igual.

Piense esto:

Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la su­perficie de la tierra, el grado de civilización moral que habrían alcanzado los hombres sería incalculable. ¿No es así? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, están actualmente discutiendo la reducción de armamentos (no confundir con supresión). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ¿Para qué sirve esa cultura de diez mil libros por nación, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ¿Para qué sirve esa cultura, si en el año 1930, después de una guerra catastrófica como la de 1914, se discute un problema que debía causar espanto?

¿Para qué han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para qué sirven los libros. Que ignoro para qué sirve la obra de un señor Ricardo Rojas, de un señor Leopoldo Lugones, de un señor Capdevilla, para circunscribirme a este país.

EL ESCRITOR COMO OPERARIO.

Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después... después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.

En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública, consciente o inconscientemente. No re­visa sus opiniones. Cree que lo que escribió es verdad por el hecho de haber­lo escrito él. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta difi­cultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es su­perior a la de sus semejantes y está equivocada respecto a los libros y respec­to a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacila­mos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, además, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reírnos y de creernos genios...

DESORIENTADORES

La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verda­des equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su público; a ese público le dan un libro por un año. ¿Usted puede creer, de buena fe, que en un año se escribe un libro que contenga verdades? No, señor. No es posible. Para escribir un libro por año hay que macanear. Dorar la píldo­ra. Llenar páginas de frases.

Es el oficio, "el métier". La gente recibe la mercadería y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificación burda de otras falsificaciones, que también se inspiraron en falsificaciones.

CONCEPTO CLARO

Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva.

Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre lle­gará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada.

Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documen­tos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...



Roberto Arlt - Aguafuertes porteñas

domingo, 11 de noviembre de 2007

J. L. Borges La ceguera Teatro Coliseo 1977

Como generalmente publico por acá cosas que me gustan, decidí poner estos links, el título lo dice casi todo. Veánlo, nunca está de más escucharlo y verlo a don Jorge Luis. ¡Que lo disfruten!

Parte 1/2
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Parte 2/2
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