jueves, 22 de noviembre de 2007

LA INUTILIDAD DE LOS LIBROS

Me escribe un lector:

"Me interesaría muchísimo que Vd. escribiera algunas notas sobre los libros que deberían leer los jóvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro está, la experiencia propia de la vida)".

NO LE PIDE NADA EL CUERPO...

No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive? ¿Cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse "un concepto claro y amplio de la existencia"? Está equivocado, amigo; equi­vocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.

Si hubiera un libro que enseñara, fíjese bien, si hubiera un libro que enseñara a formarse un concepto claro y amplio de la existencia, ese libro estaría en todas las manos, en todas las escuelas, en todas las universida­des; no habría hogar que, en estante de honor, no tuviera ese libro que usted pide. ¿Se da cuenta?

No se ha dado usted cuenta todavía de que si la gente lee, es porque espera encontrar la verdad en los libros. Y lo más que puede encontrarse en un libro es la verdad del autor, no la verdad de todos los hombres. Y esa verdad es relativa... esa verdad es tan chiquita... que es necesario leer muchos libros para aprender a despreciarlos.

LOS LIBROS Y LA VERDAD

Calcule usted que en Alemania se publican anualmente más o menos 10.000 libros, que abarcan todos los géneros de la especulación literaria; en París ocurre lo mismo; en Londres, ídem; en Nueva York, igual.

Piense esto:

Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la su­perficie de la tierra, el grado de civilización moral que habrían alcanzado los hombres sería incalculable. ¿No es así? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, están actualmente discutiendo la reducción de armamentos (no confundir con supresión). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ¿Para qué sirve esa cultura de diez mil libros por nación, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ¿Para qué sirve esa cultura, si en el año 1930, después de una guerra catastrófica como la de 1914, se discute un problema que debía causar espanto?

¿Para qué han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para qué sirven los libros. Que ignoro para qué sirve la obra de un señor Ricardo Rojas, de un señor Leopoldo Lugones, de un señor Capdevilla, para circunscribirme a este país.

EL ESCRITOR COMO OPERARIO.

Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después... después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.

En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública, consciente o inconscientemente. No re­visa sus opiniones. Cree que lo que escribió es verdad por el hecho de haber­lo escrito él. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta difi­cultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es su­perior a la de sus semejantes y está equivocada respecto a los libros y respec­to a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacila­mos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, además, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reírnos y de creernos genios...

DESORIENTADORES

La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verda­des equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su público; a ese público le dan un libro por un año. ¿Usted puede creer, de buena fe, que en un año se escribe un libro que contenga verdades? No, señor. No es posible. Para escribir un libro por año hay que macanear. Dorar la píldo­ra. Llenar páginas de frases.

Es el oficio, "el métier". La gente recibe la mercadería y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificación burda de otras falsificaciones, que también se inspiraron en falsificaciones.

CONCEPTO CLARO

Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva.

Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre lle­gará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada.

Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documen­tos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...



Roberto Arlt - Aguafuertes porteñas

domingo, 11 de noviembre de 2007

J. L. Borges La ceguera Teatro Coliseo 1977

Como generalmente publico por acá cosas que me gustan, decidí poner estos links, el título lo dice casi todo. Veánlo, nunca está de más escucharlo y verlo a don Jorge Luis. ¡Que lo disfruten!

Parte 1/2
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Parte 2/2
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jueves, 25 de octubre de 2007

Esto termina

¿De modo que querías tu lugar antes de morir?
Mirabas hacia la calle
donde el tiempo de la aceptación terminaba,
preguntando
cómo hubiera sido posible una redención personal,
algo justo en qué ocuparse,
antes de que fuera demasiado tarde.
Cualquier cosa menos las manos en los bolsillos,
el tabaco y la frase inútil,
el razonamiento arruinado por la realidad,
la dialéctica privada
contradecida con el trapo sucio de la cocina.
Antes de que fuera demasiado tarde,
recordando
que hubo un momento decisivo y que eso pasó hace mucho tiempo,
y quisiste estar solo con tu historia particular,
sin conclusión alguna en la mitad de la noche
y la fe fue regresando al útero del conocimiento.
Porque no tenías sustancia recuperable que ofrecer
sino tu neurosis, tu descalabro, tus uñas rotas
de tanto girar equivocado mientras lo cierto sucedía en la calle,
tu mala literatura y tu peor vida,
los golpes de la frente en el vidrio de la ventana.
Todo eso
para ofrecer al mundo
que estaba cambiando la causa de la materia,
que acomodaba las cosas para un orden más claro,
que ajustaba las cuentas y las culpas
y que nada olvidaba, incluyendo
el sitio reservado a tu sepulcro

Joaquín Giannuzzi

jueves, 18 de octubre de 2007

Última estrofa

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir el espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
altornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.
Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el sonido.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetra en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto alvino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es el del recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recti sinfín en llamas secas y ojas lloviznadas.
Chorro de abejas incretadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pelamar fugó sin alas.


José Lezama Lima - Muerte de Narciso

lunes, 15 de octubre de 2007

TESTIMONIAL

Allí están,
allí estaban
las trashumantes nubes,
la fácil desnudez del arroyo,
la voz de la madera,
los trigales ardientes,
la amistad apacible de las piedras.

Allí la sal,
los juncos que se bañan,
el melodioso sueño de los sauces,
el trino de los astros,
de los grillos,
la luna recostada sobre el césped,
el horizonte azul,
¡el horizonte!
con sus briosos tordillos por el aire...

¡Pero no!
Nos sedujo lo infecto,
la opinión clamorosa de las cloacas,
los vibrantes eructos de onda corta,
el pasional engrudo
las circuncisas lenguas de cemento,
los poetas de moco enternecido,
los vocablos,
las sombras sin remedio.

Y aquí estamos:
exangües,
más pálidos que nunca;
como tibios pescados corrompidos
por tanto mercader y ruido muerto;
como mustias acelgas digeridas
por la preocupación y la dispepsia;
como resumideros ululantes
que toman el tranvía
y bostezan
y sudan
sobre el carbón, la cal, las telarañas;
como erectos ombligos con pelusa
que se rascan las piernas y sonríen,
bajo los cielorrasos
y las mesas de luz
y los felpudos;
llenos de iniquidad y de lagañas,
llenos de hiel y tics a contrapelo,
de histrionismos madeja,
yarará,
mosca muerta;
con el cráneo repleto de aserrín escupido,
con las venas Pobladas de alacranes filtrables,
Con los ojos rodeados de pantanosas costas
y paisajes de arena,
nada más que de arena.

Escoria entumecida de enquistados complejos
y cascarrientos labios
que se olvida del sexo en todas partes,
que confunde el amor con el masaje,
la poesía con la congoja acidulada,
los misales con los libros de caja.

Desolados engendros del azar y el hastío,
con la carne exprimida
por los bancos de estuco y tripas de oro,
por los dedos cubiertos de insaciables ventosas,
por caducos gargajos de cuello almidonado,
por cuantos mingitorios con trato de excelencia
explotan las tinieblas,
ordeñan las cascadas,
la adulcorada caña,
la sangre oleaginosa de los falsos caballos,
sin orejas,
sin cascos,
ni florecido esfínter de amapola,
que los llevan al hambre,
a empeñar la esperanza,
a vender los ovarios,
a cortar a pedazos sus adoradas madres,
a ingerir los infundios que pregonan las lámparas,
los hilos tartamudos,
los babosos escuerzos que tienen la palabra,
y hablan,
hablan,
hablan,
ante las barbas próceres,
o verdes redomones de bronce que no mean,
ante las multitudes
que desde un sexto piso
podrán semejarse a caviar envasado,
aunque de cerca apestan:
a sudor sometido,
a cama trasnochada,
a sacrificio inútil,
a rencor estancado,
a pis en cuarentena,
a rata muerta.

Oliverio Girondo

miércoles, 10 de octubre de 2007

El feminismo la ciencia y las criticas anti-iluministas

En nuestra sociedad se asignaron a las mujeres los tipos de trabajo que los hombres no quieren hacer. Varios aspectos de esta division del trabajo segun el genero tienen consecuencias para lo podemos saber desde la perspectiva de las actividades de los hombres y de las mujeres. El trabajo de mujeres exonera a los hombres de la necesidad de cuidar de sus cuerpos o de los espacios donde habitan,dejandolos libres para sumergirse en el mundo de los conceptos abstractos. Por lo tanto, el trabajo de las mujeres articula y da forma a los conceptos que tiene los hombres del mundo y los hace apropiados para el desempeño del trabajo administrativo. Ademas cuanto mejor desempeñan las mujeres sus labores, mas invisibles se hacen para los hombres.

Sandra Harding

domingo, 30 de septiembre de 2007

El regreso II

Aquí todas las cosas se acercan a tu palabra con caricias y te miman: porque quieren subir a tu espalda. Montado en todos tus símbolos cabalgas aquí hacia todas las verdades.
Aquí puedes hablar a todas las cosas con rectitud y franqueza, y la verdad, les suena como un elogio el que se les hable a todas con rectitud.
Muy distinto es el abandono. Porque, ¿te acuerdas, Zaratustra? Cuando tu ave se puso a gritar por encima de ti, estando tú en el bosque, indeciso, sin saber donde ir, cerca de un cadáver; cuando decías: "¡Que mis animales me guíen! he encontrado más peligro entre los hombres que entre los animales", ¡aquello era abandono!
¿Y te acuerdas, Zaratustra? Cuando estabas sentado en tu isla, fuente de vino entre vacíos cubos, dando de beber sin tasa a los sedientos, hasta que al fin tú fuiste el único sediento entre beodos, y decías de noche lamentándote: "¿No es mayor goce tomar que dar? ¿No es mayor goce aún robar que tomar?", ¡aquello era abandono!
¿Y te acuerdas, Zaratustra? Cuando llegó tu hora más silenciosa y te sacó de ti mismo; cuando te cuchicheó malignamente: "¡Habla y sucumbe!", cuando te disgustó de tu espera y de tu silencio y abatió su decaído ánimo, ¡aquello era abandono!
¡Oh, soledad! ¡Patria mía! ¡Qué celestial y afectuosamente me habla tu voz!


Friedrich Nietzsche - Así Habló Zaratustra