lunes, 9 de junio de 2008

La Palabra

Hace miles de años,
alguien,
un esclavo quizá,
descansando a la sombra de los árboles,
furtivamente,
en un lugar aislado
del fértil territorio
conquistado por su dueño el guerrero,
al contemplar los campos
regados por el ría
-probablemente

no ocurrió nada así:
reconstruyo, sin datos, una escena
que nadie sabe cómo ha sucedido-
y ver cómo otros hombres
cuidaban de las viñas, podaban
los olivos, transportaban el agua
que habría de mojar la tierra donde
crecían las hortalizas,
o conducían los rebaños hacia el monte,
o extraían la miel de las colmenas

-me parece escuchar el rumor duro
del estío,
las metálicas hojas de los árboles
(perdida su humedad) crujiendo casi
al ser rozadas por el seco viento,
el batir firme y alto de las alas
de águila, la viva luz
aplastándolo todo con su peso-,
y fijándose acaso espcialmente
en el volumen firme e insinuado
hajo el gastado lino
del vientre grávido de una mujer joven,
cerró los ojos
(el hombre que miraba todo aquello)
y articuló un suspiro
o bien dijo un sollozo, o algo semejante
que repitió y creció, y dejó su pecho
estremecido _ así la rama
abandonada por un pájaro...

Igual que un pájaro
salta desde una rama,
de este modo
surgió en el aire limpio de aquel día
la palabra:
amor.
Era
suficientre.

Pronunciada primero,
luego escrita,
la palabra pasó de boca en boca,
siguió de mano en mano,
de cera en pergamino,
de papel en papel,
de tinta en tinta,
fue tallada en madera,
cayó sobre las láminas
olorosas y blancas,
y llegó hasta nosotros
impresa y negra, viva
tras un largo pasaje por los siglos
llamados de oro,
por las gloriosas épocas, a través de los textos conocidos
con el nombre de clásicos más tarde.

Retrotraerse a un sentimiento puro,
imaginar un mundo en sus pre-nombres,
es imposible ahora.

La palabra fue dicha para siempre.
Para todos, también.
Yo la recojo,
la elijo entre las otras muchas,
la empaño con mi aliento
y la lanzo,
pájaro o piedra,
de nuevo al aire,
al sol,
hoy
(rostros, árboles,
nubes: todo es distinto en esta
primavera. En el vaso,
el agua huele a río.
Como una larga cabellera, el viento
ondea por las calles y se abate
de pronto
rizado y frío sobre el suelo.
Y en ocasiones,
¿por qué mi pensamiento
no acompaña a mis ojos
y se aleja
de lo que ven, perdido
y a la vez fijo en algo...?)
porque quiero.


Ángel González - Palabra sobre palabra

jueves, 17 de abril de 2008

Cándido

_Querido Cándido, vos conocisteis a Paquita, aquella criada tan guapa de nuestra augusta baronesa; goce en sus brazos de los placeres del paraíso, que me ocasionaron ahora estos tormentos infernales; ella estaba completamente infectada y quizás haya muerto ya a causa de ellos. A Paquita le había hecho tal regalo un fraile franciscano muy sabio, que habia investigado su origen, pues a él se lo habia contagiado una vieja condesa, que lo habia recivido a su vez de un capitan de caballeria, que se lo debía a una marquesa, que lo habia cogido de un paje, el cual lo habia recivido de un jesuita, quien, cuando era novicio, lo habia adquirido directamente de uno de los compañeros de Cristobal Colón. En cuanto a mi, yo no se lo pegare a nadie, porque me estoy muriendo_
_¡Oh Pangloss!_éxclamó Cándido_¡que extraña genealogía!¿No será cosa del diablo el linaje?_
_En absoluto_replicó aquel gran hombre_era cosa indispensable en el mejor de los mundos, era un ingrediente totalmente necesario: si Cristobal Colón no hubiera cogido en una isla de América esta enfermedad que envenena el orgien de la vida, y que incluso impide muchas veces la procreación, cosa que es evidentemente contra los fines de la naturaleza, no conoceríamos ni el chocolate ni la cochinilla; por otra parte debemos observar que, actualmente, en nuestro continente, esta enfermedad, junto con la dialéctica, es una de nuestras características propias.

Voltaire

lunes, 18 de febrero de 2008

Lo sabia

Lo sabia
sin saberlo
tu eres única
la más amada

La más deseada
casta y pura
virginal...
y a la vez sensual.

Variadas sensaciones
al mirarte me consumen
diosa pagana
bella e inalcanzable

Al saberte tan lejana
diosa y vestal
me consumo en el fuego
de variadas sensaciones

Virginia Esther Mussin

viernes, 25 de enero de 2008

El problema del hombre blanco

Hace 400 años que los aborígenes venimos hablando del “problema del hombre blanco” e intentando distintas soluciones para mejorar y elevar sus niveles de vida. Los magros resultados alcanzados nos deben hacer reflexionar seriamente sobre el camino a seguir para lograr la definitiva solución del problema, que se mantiene y acrecienta para vergüenza de nuestra cultura indígena.

Conseguir la integración del blanco es el imperativo y el desafío de la hora, que todo aborigen bien nacido, debe aceptar.

Por ello me permito hacer algunas reflexiones básicas que sirvan de honesta colaboración para la discusión de soluciones a este problema que los aborígenes chaqueños tenemos la obligación de hallar la salida adecuada.

Considero que el error fundamental de la política blanquista que se siguió hasta el presente ha sido tratar de “incorporar” al blanco a nuestra sociedad, en lugar de estimular el proceso de “integración” chaqueña.

Incorporar es hacer caso omiso de la particular cultura del hombre blanco o considerarla peyorativamente y por ende tratar de imponer la nuestra por considerarla mejor. Como si ese remplazo fuera fácil de lograr y el hombre blanco pudiera, de la noche a la mañana, saltar sobre su experiencia de siglos olvidándola por completo.

Esta política de incorporación nos ha llevado a enjuiciar en forma negativa al blanco, calificarlos de egoístas, falsos, sin sentido de solidaridad, con afán desmedido de acumular riquezas materiales, capaz de faltar a la palabra empeñada, de robar de asesinar, de especular, de engañar, etc. Con tales prejuicios nunca se podrá entablar relaciones apropiadas para que prive buena comunicación y colaboración sincera.

El peor error que cometimos los aborígenes ha sido juzgar al blanco de acuerdo a nuestras pautas culturales. Así nunca tuvimos en cuenta sus valores inspiradores de su conducta y entonces fácil es acusar al pobre blanco de Cacharay (ladrón) cuando él inocentemente se queda con nuestras tierras, o cuando el almacenero pesa mal la yerba o la harina que nos vende a un precio mucho más elevado que el fijado oficialmente, olvidamos que esa es una pauta cultural del blanco, hacer leyes perfectas para vulnerarlas de inmediato o apropiarse de lo ajeno como lo más natural del mundo.

El peor error que cometimos los aborígenes ha sido juzgar al blanco de acuerdo a nuestras pautas culturales. Nunca tuvimos en cuenta las pautas que inspiran su conducta. Por eso tratamos de Cacharay (ladrón) al bolichero que pesa mal la yerba o el azúcar que nos vende a un precio superior al oficialmente establecido. Olvidamos que en lo que ellos llaman “comercio” no tienen “amigos ni parientes” (lo dicen) y tratan de la ganar la chigüé (plata) de cualquier manera- Algo similar ocurre cuando alambran nuestros campos. Los aborígenes olvidamos que ellos quieren “el progreso” y por lo tanto hay que tener más, siempre más, aunque con ellos perjudiquen a otros.

Considetamos fácil el proceso de incorporarlos a nuestra cultura y allí están los resultados de nuestros errores, el pobre blanco se desangra por intereses materiales, matan en nombre de ideales, perjudican a sus mismos hermanos de raza, pregonan que “el tiempo es oro” y viven con una ansiedad creciente, insatisfechos permanentes no se conforman con lo que tienen. Quieren cada día más y más. Destruyen bosques, matan despiadadamente animales y aves en nombre del “deporte”. ¿Cuándo dejaremos los aborígenes de recitar doctrinas “blanquistas” y realmente ayudaremos al blanco?

Tratemos de comprender su cultura y a partir de allí podremos realmente ayudarlos a elevar sus niveles de vida. No tratemos de incorporar al blanco, tratemos de integrarlo.


René James Sotelo - Borradores

sábado, 15 de diciembre de 2007

La piedra

El hombre nunca consideró a la piedra como algo vivo, a consultar; siempre se ha sentido superior a ella y con derechos de ofenderla....
...El diccionario define a la piedra de la siguiente manera: sustancia mineral,dura y sólida"
El mismo diccionario dice del humano:verbo divino, compasivo, generoso, benigno, caritativo...
¿Que bueno! Faltaría que dijera modesto.
Por ello, por su generosidad, divinidad benignidad," el hombre llama ofensivamente "piedra inferior" al nitrato de plata, que suele usar para curarse sus propios males...
También llama "piedra del escándalo" al pecado original que él mismo inventó por estúpido...
...Jesús, sentado en el suelo haciendo rayas con un palito, dijo: "El que esté libre de culpas que arroje la primera piedra". ¿Siempre la piedra! ¿Por qué no se aplastan con ellos mismos?

Definición del diccionario mineral
Hombre: mono con revolver al que mejor es darle una banana.

Siete horas de frotamiento y 25 kilos de piedra pómez necesita la estupidez humana para gastar y decolorar un pantalón que ha hecho furor, prontuariado como "blue jeans". Con él, y con las zapatillas con resortes y rulemanes, cuatro fabricantes multinacionales han encorsetado a la juventud y a los adultos que la van de "pendejos".

Vivillos humanos, aclaren que anochece. La Edad de Piedra aún no ha pasado. ¡Vivimos en ella. Con ella. De ella!

Gog y Magog en La Gallina Degollada nº 1

jueves, 13 de diciembre de 2007

In Memoriam J.F.K.


Esta bala es antigua.
En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplice. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo XVII la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la pública hecatombe de una batalla.
Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente reciben los visires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros clavos que atravesaron la carne del Redentor y el leño de la Cruz, fue el veneno que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que en un atardecer bebió Sócrates.
En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.


Jorge Luis Borges - El Hacedor

lunes, 3 de diciembre de 2007

Poseidón

Poseidón se sentó ante su mesa de trabajo y revisó las cuentas. La administración de todos los océanos lo tenía muy atareado. Podía emplear los asistentes que quisiera, y por cierto tenía muchos, pero responsable, como era, insistía en revisar personalmente cuenta por cuenta, así que sus asistentes de poco le servían. No diría que le deleitaba este trabajo, lo hacía sólo porque se le había asignado. Es cierto que ya con frecuencia había pedido una tarea más animada, pero entre los varios trabajos que le fueron sugeridos, se observó que su disposición natural era para su presente empleo. Ni decirlo, sería demasiado difícil conseguirle otra ocupación. Tampoco pensar en ponerlo a administrar determinado mar. Dejando a un lado que la tarea no sería más fácil, sólo inferior, el gran Poseidón, por el contrario, debía obtener un puesto más importante. Cuando se le ofreció un cargo sin afinidad a las aguas, la sola idea lo enfermó, su aliento divino decayó y su broncíneo torso comenzó a jadear. Lo cierto era que nadie tomaba muy en serio las quejas de Poseidón, pero cuando alguien de su poderosa talla se lamenta, por lo menos se debe simular que se lo escucha, aunque sea una situación sin perspectivas. Realmente, nadie pensaba en separar a Poseidón de su cargo; desde los orígenes estaba destinado a ser el dios de los mares y eso no podía ser modificado.
Lo que más le irritaba -y esto era lo que lo indisponía con su trabajo-, eran los rumores que circulaban sobre él. Por ejemplo, que constantemente cabalgaba sobre las olas con su tridente como un cochero, cuando la verdad era que se encontraba sentado en las profundidades de los océanos sin terminar nunca con sus cuentas. La única interrupción a esa monotonía era de vez en cuando, un viaje hasta Júpiter, del cual siempre regresaba exasperado. De ahí que casi no conocía los océanos, sólo los había visto en sus furtivas ascensiones al Olimpo. Y no se podía afirmar que realmente los hubiera navegado. Acostumbraba a decir que lo haría cuando el mundo tocara su fin, sólo para entonces tendría un momento de descanso. Justo antes del fin del mundo y sólo después de haber revisado la última cuenta le daría tiempo para una rápida gira.



Franz Kafka - La Muralla China